Canciones y Psicoterapia

09.10.2013 08:26

 

Canciones y Psicoterapia

Canciones y Psicoterapia

 

Publicado en revista CONCIENCIA SIN FRONTERAS

 

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Gestáltica

 

Desde hace unos quince años vengo utilizando la música, y las canciones en particular, en el marco de la sesión terapéutica, tanto en grupo como individualmente o en pareja. Lo que presento a continuación quiere ser un breve resumen de mi experiencia de integración entre terapia gestalt y canciones como instrumento terapéutico en el ámbito específico de la sesión individual.

Partamos pues de la base de que la canción sea algo que podamos situar entre la música y la poesía, que fuera como un puente entre ambas que las comunicara. Los versos de la canción, el tono en el que están dichos, sus silencios y sus modulaciones; su métrica interpretativa de las pautas que evocan los compases musicales... crean algo que no es ni sólo poesía, ni sólo música. La poesía corta el espacio y el tiempo con sus fonemas silábicos y con sus dicciones; la música replica o anima ( en el sentido de “ánimo” o de “ánima”) a la letra, la sustenta y la convierte en otra.

¿Para qué puede servir pues el uso de canciones en las sesiones individuales de terapia gestalt?. Me gustaría mostrar a continuación el punto en el que me encuentro en estos momentos.

I. Hoy por hoy el asunto fundamental o central lo podría formular así: que el uso de la canción permite hacer oir al paciente una hipótesis estructuralmente muy particular de lo que podría estar diciendo su inconsciente. Así, en la estructura diádica paciente–terapeuta instalamos un tercero, una tercera instancia; un tercer, en este caso, personaje. Personaje que habla, más precisamente que canta, y que establece una polaridad de discursos, sea con el propio paciente a modo de réplica o doble voz, sea una segunda voz del terapeuta frente al paciente. En el primer caso encontramos un duetto entre dos polaridades o aspectos encontrados del cliente: uno que dice lo que dice (el discurso verbal) y otro (el discurso canción, en este caso) que puede llegar a decir lo que el primero no dice. Sea esto en cuanto a contenidos enfrentados, paralelos o complementarios; sea en cuanto a formas musicales en sí mismas. Por ejemplo, un paciente que está disimulando los aspectos más emocionales de su discurso o de sí mismo en él, pretendiendo hacer parecer liviano lo que en realidad siente como gravoso, que está en plan vals... Entonces podemos poner un bolero o una ranchera desgarrada, como una forma de enviarle un mensaje indirecto (¡o directísimo...!). O alguien que habla como si bailara un chotis o una sardana (ordenado, metódico, como si contara las palabras al soltarlas...)...y le proponemos escuchar salsa o merengue, y transformar su discurso a ese ritmo y en ese entorno; es decir, volver a decir lo que estaba diciendo pero a ritmo de salsa o de merengue. El efecto es impresionante.

II. También me parece que el uso de canciones puede ser útil para tocar el corazón, para ir a lo emocional cuando el paciente está muy en la razón. La canción, verso sobre música, aporta un vehículo para el viaje de lo verbal a lo musical, de la construción lógica o analógica a la construción ¿alógica?. Pone un fondo o segundo plano en el que el significado del discurso va cambiando en relación al propio fondo, lo cual facilita el rompimiento del esquema lineal de percepción que tanto favorece y caracteriza lo neurótico. No es lo mismo decir “Mi mamá no me quiso” sobre el Adagietto de la Quinta Sinfonía de Mahler, que sobre una percusión de Bakalao o Heavy Metal, que escuchando a Manolo Escobar... o que en silencio; entendiendo el silencio aquí en su sentido musical, o sea como otro fondo posible. También creo que aporta el viaje inverso: del cuerpo (de lo pre--verbal o pre-edípico) ... a la emoción/palabra, yendo de la música o del silencio a la canción. Porque la canción propone un Nombre o una formulación precisa para algo difícil de asir, con lo que asienta, precisa o abre el significado.

III. El uso de canciones permite confrontar al paciente con lo que no hay o no pone de sí mismo, en este caso con aquello ocultado no tanto como contenido sino como continente, a través de alguien (el cantor) que lo puede llegar a decir muy bien dicho. Ahí creo que aprovechamos lo sensibles que somos todos a la belleza, y el impacto abridor que tiene la obra maestra o la obra muy bien hecha: la posibilidad de acceder a lo esencial por la redondez y lo armónico de lo maestro. Incluso en los casos de mayor deterioro personal, con ciertas salvedades y límites, existe en todos los seres -–y no sólo humanos – una sensibilidad innata hacia lo “muy bueno”, sea producto, idea, forma u otra cosa. Si quien lo presenta es un-corazón-limpio-en-ese-momento, incluso en los casos más dificultosos hay una reación hacia eso numénico, óntico o esencial.

IV. El utilizar la canción como palabra aporta una devolución terapéutica cantada, a través de quien canta. O sea, la posibilidad de tocar a la vez los tres centros mediante el ritmo, conectado como decía Guillermo Borja (q.e.p.d.) con el centro instintivo-motor; la melodía, relacionada con el corazón o centro emocional); y la armonía, que ilumina el centro mental.

V. La canción crea un ambiente, una escena, un país, un mundo imaginario. Como si fuera un calentamiento psicodramático directo que nos trasladara con “potencia”, en el sentido que a este término le da Joen Fagan, al lugar adonde queremos acompañar o llevar al paciente para experimentar tal o cual cosa. Si nos dejamos llevar intensamente por algunas canciones, en el contexto de la sesión terapéutica, nos podemos trasladar mágicamente a un mundo casi virtual, posibilitador de intervenciones específicas y, desde luego, muy útiles.

VI. La canción también es una confrontadora del discuso mecánico, del “abboutism” de Perls, del acercadeísmo, del hablar sobre algo o acerca de algo sin estar realmente implicado en ello. En estos casos lo que suelo hacer es simplemente levantarme, poner una canción y ponerme a escucharla a ella (a la canción, que se convierte en un Otro, en un tercero) en lugar de al paciente. Como si le estuviera diciendo: “O te pones más, o de otra manera, o escucho al otro/a...”. La reacción suele estar garantizada y, si lo transferencial está debidamente clarificado, deviene una poderosa técnica para que el paciente se ponga de verdad en aquello en lo que está. Exige, claro, como en general las ideas y experiencias reflejadas en este escrito, que uno como terapeuta no solamente sea capaz de estar en lo que está, sino que pueda manejarse en ese proceso mejor que el otro. Si no, me parece que es mejor no intentarlo.

VII. Instalar una canción en el encuadre terapéutico permite hacer estéreo, abundar en el tema del paciente desde otro lugar, y así facilitar que se meta más o mejor, o de otra manera, en aquello en lo que ya está. Por ejemplo, alguien está hablando de su padre y ponemos una canción sobre el padre (por ejemplo el "Pare" de Serrat, “El Maestro” de Patxi Andión, o el "Grand Père" de Moustaki, u otra). El poder sentir, no sólo pensar, que lo que le pasa a uno es algo en el fondo parecido a lo que también le pasa o le pasó a otro, desvela el narcisismo subyacente en algunas congojas y, además de ser muy clarificador, es un buen alivio balsámico que produce un efecto ablandador de las defensas neuróticas, sustentadas todas ellas por definición en una parcialización interesadamente selectiva de la percepción global, holística u organísmica.

VIII. Otra posibilidad, por último, es iniciar la sesión con una canción. Es decir, aprovechando la capacidad que todos desarrollamos, de uno u otro modo, a partir de ciertos años de experiencia profesional y de cierto tipo de entrenamiento, de poder adivinar con relativo éxito cómo y con qué va a venir el paciente a la siguiente sesión, podemos empezar con una canción sobre “eso”. Este tipo de intervención suele producir lo que podríamos llamar un “shock transferencial”. O también, desde otro punto de vista, un “shock mágico”: el paciente se suele quedar impactado de lo que suele vivir como poder de adivinación del terapeuta ("¡cómo sabías que estaba en "eso"..."). Más allá del evidente florilogio narcisista del terapeuta, lo que estamos haciendo es utilizar el poder metafórico de la canción, que aquí es como un cartucho con muchos perdigones, una hipótesis multiversa como hubiera dicho seguramente Michel Katzeff (q.e.p.d., también él...). Así que no es tan extraño que alguno de los perdigones acierte. Por otra parte y como efecto más sutil, estamos posibilitando a través de esa reacción, frecuentemente intensa y por lo tanto facilmente organísmica o integral, empezar la sesión con los tres centros del paciente presentes o activados. Ya que una buena canción escuchada en un buen momento, casi siempre produce un impacto a la vez corporal, emocional y mental, cuyo rescate y elaboración resulta muchas veces harto esclarecedor.

LA ACTITUD DEL TERAPEUTA

Nada de esto me parece posible si el terapeuta no se deja tocar por las canciones él mismo. Yo suelo decir frecuentemenmte cuando veo de enseñar este asunto a mis alumnos, que en realidad se trata de poner la canción casi casi para uno mismo, y no tanto para el otro. Aunque esto habría que matizarlo más. Quiero decir que es la propia emoción contenidamente intensa del terapeuta lo que sutilmente y sin palabras llega al otro. Creo que cuando ponemos una canción o una música, ponemos además y muy especialmente la carga afectiva propia, lo que para uno significó en su día, así como de quién la recibimos y cómo. Según mi experiencia, la canción dedicada terapéuticamente a uno como paciente, por ejemplo, en un momento determinado, es como un regalo que además de entidad material posee carga simbólica. La forma como le resuene o le toque al otro (al paciente) será la suya, y aquí es preciso renunciar claro a los propios contenidos. Y esto es, creo, una de las cosas a aprender con los años, y me sigue pareciendo una de las cosas más difíciles de manejar. Porque sigo estando convencido que es el fondo compartido lo que realmente vuelve potencialmente poderoso el uso de música y, por extensión, de canciones. La actitud que he encontrado más adecuada es, como anunciaba más arriba, una de escucha intensa y contenida, en silencio. Dejándose conectar –en el fondo o campo– con la propia historia personal y con lo que a uno le está ocurriendo en el presente; y –en la figura o primer plano– con la historia del otro y con lo que al paciente le pueda estar ocurriendo en el aquí y ahora de la sesión. Aunque la confianza en la propia espontaneidad reactiva, en la contratransferencia en su sentido más amplio, indicará cuándo dejarse llevar por los llantos, las miradas, los suspiros o las risas compartidas que pueden (y suelen...) aparecer. La pertinencia clínica no sabe de técnicas, que por muy refinadas que sean no dejan de ser mediocres frente a la capacidad para estar ahí, frente a la presencia- consciencia-responsabilidad, esta vez también del terapeuta