CRISIS DE CULTURA Y EDUCACIÓN

12.09.2013 01:12

 

CRISIS DE CULTURA Y EDUCACION

raulcelsoar 07/05/2010 @ 09:41

Crisis de la Cultura y la Educación

 

Lic. Myriam E. Carnaval de Vega

 

 

 

DIARIO EL LITORAL DE SANTA FE http://www.ellitoral.com/

 

 

 

 

Es un hecho evidente que los sistemas escolares de nuestros días están atravesando un agudo período crucial, y que esta crisis no es en modo alguno un fenómeno aislado, sino que es la consecuencia de las profundas transformaciones socioculturales del mundo actual. La crisis de la cultura de nuestro tiempo, a diferencia de otras que fueron limitadas o parciales, se caracteriza por sus aspectos mundiales, complejos y profundos. No se circunscribe a un determinado país ni a un determinado sector de la cultura. Afecta por igual todos los órdenes de la cultura y a todos los países que conviven en la época actual.

 

 

La educación sistemática, como todo bien de cultura, está también en crisis. No obstante, de ella se espera, en gran medida, que ayude al hombre contemporáneo para salir de la profunda y dilatada crisis en la que está inmerso proporcionando, mediante una nueva educación de las generaciones jóvenes, las bases para un equilibrio social más auténtico.

 

 

La escuela, como toda institución social, es por naturaleza conservadora. Los cambios económicos, sociales, políticos y tecnológicos se reflejan en la escuela muy tardíamente, en razón de la influencia de las generaciones adultas, más reacias a las rápidas innovaciones. Pero si una institución deja de cumplir las funciones para la cual fue concebida, llegará inevitablemente su resquebrajamiento o su derrumbe.

 

 

En nuestra época, los planteamientos y soluciones educacionales han adquirido características peculiares. Siglo el nuestro, de cambios vertiginosos, de confusión y desintegración de valores, de hostilidades y guerras o enfrentamientos que asolan al mundo, de intensas y apremiantes preocupaciones tecnológicas que amenazan deshumanizar al hombre y apresarlo en la red de sus preocupaciones. Para muchos pensadores, la era atómica-nuclear representa una etapa de desintegración del mundo cultural actual. Etapa ésta, en que la crisis se encuentra en su período más álgido.

 

 

En general, cuando hablamos de crisis culturales, pensamos en un “resquebrajamiento de valores”; en “cambios acelerados”; en “desequilibrios sociales”; en “estructuras desintegradas”.

 

 

Nuevas estructuras

 

La palabra crisis, literalmente, significa separación, abismo. Una crisis puede ser personal o sociocultural. David Bidney diferencia asimismo las crisis naturales, motivadas por fuerzas que escapan al control humano (tal como sismos, terremotos) de las crisis culturales.

 

 

En realidad, la crisis es algo inherente a la esencia misma de la existencia humana. La existencia crítica otorga al hombre su sentido de “humanidad”. Pero también es evidente que la conciencia permanente de la crisis perturba y desorienta su existencia plena.

 

 

Una crisis, por otra parte, no conduce ineludiblemente al surgimiento de nuevas estructuras, de nuevas creencias, de nuevos ideales. La conciencia de la desorientación y del resquebrajamiento de antiguos ideales no trae aparejada, en los momentos de crisis, la aparición de nuevas creencias firmemente arraigadas. Muchas veces las crisis culturales pueden incluso limitar, restringir y hasta anular la capacidad creadora del hombre, conduciendo a estados negativos de ansiedad, desesperación, escepticismo o retraimiento. No obstante, la distorsión y el derrumbe de antiguas pautas, suelen por lo general, ensanchar el campo a la innovación y a la aparición de nuevas estructuras y de nuevos ideales.

 

 

Frente a la acelerada transformación política y económico-social en que vive el hombre contemporáneo, pedagogos, sociólogos, culturólogos y antropofilósofos, señalan una profunda “crisis de la personalidad”, ante la cual ha de reaccionar la educación —paradójicamente también en crisis, como todo bien cultural— si se quiere salvar al hombre del naufragio total.

 

 

Ante el progreso vertiginoso que ocurre actualmente en el campo científico y técnico, surge inevitable y angustiosa la pregunta: ¿La humanidad está moralmente preparada para dirigir el curso de esas fuerzas que ella misma ha desatado? ¿Hay paralelismo entre el progreso técnico-científico y el desarrollo moral del hombre?

 

 

La escuela, motor del cambio

 

 

Es evidente que la humanidad está atravesando por uno de sus períodos más cruciales. Es ésta una época de bruscas rupturas, de confusión, de profundas desintegraciones de valores. Pero también puede ser de capacidad para la reintegración, para el perfeccionamiento de la personalidad del hombre, para el logro de nuevas actitudes. Para muchos estudiosos, una crisis que es captada tan hondamente como la nuestra, y enfrentada, permite al hombre, al mismo tiempo, una toma de conciencia de sus posibilidades y valores. Nunca una crisis de la cultura, se ha hecho notar, ha sido como hoy, tan intensamente percibida no sólo por el filósofo sino también por el hombre común.

 

 

Es por ello que el resurgimiento del “humanismo”, la fe en las posibilidades del hombre para perfeccionarse mediante sus propios esfuerzos y llegar al mayor límite de sus posibilidades, ha irrumpido precisamente en los últimos años, como inevitable reacción del hombre frente a su “alienación”, frente a su “cosificación”, frente a su esclavitud por la máquina y por los medios portentosos de la tecnología que él mismo se ha esforzado en crear, frente a la latente amenaza que las fuerzas nucleares representan en la era atómica para la permanencia misma de la humanidad.

 

 

Frente a esta realidad, la escuela debe convertirse en una poderosa palanca que estimule el proceso de autoformación del hombre y su capacidad para comprender y adaptarse al entorno sociocultural en que le toca vivir. De lo contrario, se producirá un ineludible desajuste entre el desenvolvimiento que estimula, favorece o exige la educación sistemática con sus estructuras ya caducas, y el que reclama nuestra sociedad sociocultural.

 

 

Pero a través de las objetivaciones y presiones sociales que rodean al hombre, la educación ha de posibilitar asimismo, la afirmación de la persona, de su más íntima y profunda individualidad, de su fuerza creativa, de sus más elevadas tendencias y valores espirituales humanos.

 

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La escuela debe ser la palanca que estimule la transformación del hombre y lo prepare para su inserción en un nuevo esquema social.