MUERTE CON-CEP-TUAL

19.11.2013 00:54
raulcelsoar 20/11/2008 @ 14:02

MUERTE CON-CEP-TUAL

 

Judith Shapiro

 

  

¿Qué pasaría con los personajes,
si un día el escritor muriera?

  

Encendió la radio y aceleró. La ventanilla estaba bajada y el viento se arremolinaba en sus oídos, produciendo un estruendo que no le permitía escuchar con claridad. Subió el volumen.

 

IGLESIA

 

 


 

Ya podía ver su destino en el horizonte. La pequeña iglesia anzuelo estaba situada en medio del desierto, entendiendo la palabra como una extensa superficie con muy poca humedad en la que crece naturalmente escasísima vegetación.


 

Esa iglesia había sido erigida generacionesatrás en lo que habían querido que fuera una misión jesuítica. Más tarde se dieron cuenta de que los únicos seres humanos que habitaban la región eran ellos. Para tratar de remediar el error (o, por lo menos, darle uso al edificio), la habían convertido en iglesia de clausura. Varias personas, es decir, curas, se acercaron interesados por la "clausura" , pero luego de permanecer allí dos o tres meses volvieron a la civilización escapando del silencio y, sobre todo, del vacío en el alma que provocaba ese lugar.


 

Los rebeldes la habían tomado durante la revolución y la adoptaron como un lugar seguro donde mandar a vivir y estudiar a los hijos de los dirigentes, sabiendo que los capitalistas católicos seguramente no sabían de la presencia de esa iglesia, o por lo menos no le daban importancia. El padre que mantenía la iglesia era un hombre alto, de buen porte, cabeza lustrosa, y sotana. Sus años de juventud y esplendor habían pasado ya, pero eso no le impedía conservar la mente joven. Cuando los rebeldes llegaron, él no se había resistido demasiado a la ocupación, más bien poco y nada. Toda su vida había simpatizado con las ideas y premisas socialistas.


 

Lentamente su destino se acercaba. El auto corría por la ruta, pero la distancia que había que acortar era mayor de lo que parecía. "Bendita llanura", pensó y se rió de sí mismo.


 

El sol, como de otra manera no podía esperarse sin ningún tipo de elemento que produjera sombra, quemaba sin descanso. Algunas nubes pasaban silenciosamente por el cielo, sin atreverse a intervenir.


 

Al llegar a la altura de la iglesia dobló a la izquierda y estacionó el auto bajo una galería construida casi especialmente para eso. Se bajó y, automáticamente, encendió la alarma con su infalible bip-bip. Luego, entró.


 

La iglesia no era lo que se podía decir ortodoxa: las paredes y columnas estaban cubiertas con mármol verde veteado de blanco hasta una altura de un metro; los pasos de la vida de Cristo estaban tallados en madera de palo borracho, los vitreaux eran de muchos colores pero ninguna forma, y como cortina musical, sonaba en los parlantes un órgano tocando melodías celestiales, pegadizas y alegres. En una concavidad del fondo estaba el altar, casi en sombras y absolutamente no recargado. En el techo bajo y cupuloso de la franja central de la iglesia había un empapelado de suaves colores que iban del rosa al naranja incluyendo verdes, azules, amarillos y violetas. Todo parecía bastante viejo y gastado, pero el mismo paso de los años mantenía la escena estancada en perfecto equilibrio y armonía.


 

A pesar del calor de afuera, esta iglesia, como todas, se mantenía fresca. Era como si lo sagrado de ese lugar se conjugara con lo térmico del ambiente, para hacer más habitables las salas.


 

Una puerta lateral de madera se abrió suavemente y apareció el cura vestido con sotana.


 

—Pero, ¡hombre! ¿Qué hacés ahí mirando embobado el piso? —dijo, con el tono vigoroso que se usa para los viejos amigos. Luego de abrazarlo agregó—: Hubieras pasado directamente.


 

—Uno nunca se acostumbra —le contestó sonriendo apenas.


 

En silencio caminaron por la sacristía y la construcción más reciente que hacía de convento ateo para los chicos de la revolución. No había mucha sombra, pero sí una particular tristeza que opacaba los contornos. Se detuvieron ante una puerta de roble antiguo y grueso.


 

—No lo tensiones mucho —dijo el cura, mirando un punto sin importancia y sonriendo melancólicamente—. Es su despedida.


 

Con un movimiento de cabeza, le dio a entender que ya lo sabía. Desde adentro y en la cama, el desfalleciente vio abrirse la puerta y entrar el brazo con sotana y luego la cabeza lustrosa.


 

—Ya llegó... —empezó, pero el visitante interrumpió, mostrándose.


 

—Hola.


 

El viejo tan sólo asintió, con los ojos placenteramente cerrados. El cura los abandonó cerrando la puerta, y el visitante acercó a una silla al lado de la cama.


 

—¿Zergio no recibió la invitación? —preguntó el enfermo de vejez.


 

—Sí, pero seguro que no a tiempo —hizo una pequeña pausa—. Debe andar en alguna de tus locas aventuras —y se rió.


 

La edad tosió en el pecho del hombre de la cama. De todos los encuentros que habían tenido, este era el más extraño. ¿Cómo iba a despedirlo?


 

—¿Cómo? Pues con flores —dijo el viejo, y un ramo de calas floreció en un jarrón imaginado al lado de la puerta de roble.


 

"¿Tan fácil va a ser?", pensó.


 

—Sí —le contestó el viejo—. A menos que quieras escribirme el testamento. Total va a ser muy corto, entre las cosas que no tengo y la gente que no conozco...


 

Eso fue todo. Luego el escritor murió.


 

—Lo lamento —dijo el cura, al verlo salir a la iglesia con la hoja de bienes en las manos.


 

—Les dejó todo —dijo él, ofreciendo el papel—. A ustedes y a la revolución, excepto por el reloj de las cuatro.


 

Caminaron juntos hasta el auto y la alarma sonó desactivada con su infalible bip-bip. La humedad pesaba en el aire, y las nubes ya estaban listas para empezar a deshacerse. Un niño alegre se asomó por la puerta de la iglesia, llamando al cura y agitando una colorida máscara. El cura rió y dijo:


 

—Tengo que volver. Fue un gusto verte después de tantos años. —Le ofreció una mano que él estrechó enseguida y con afecto.


 

—Gracias por todo.


 

—No hay de qué —contestó el cura. Y luego, cuando el auto entraba a la ruta, gritó—: ¡Tené cuidado, que seguro llueve!


 

Bajó el vidrio y prendió la radio. El conflicto estaba resuelto. A medida que caía la lluvia, con calma se esfumaba... el espejismo de toda una vida.


 


 

Judith Shapiro es una joven de Rosario, provincia de Santa Fe, Argentina