LA NOCHE DE LOS BASTONES LARGOS

 

Un hecho lamentable para la cultura argentina fue la decisión de intervenir las universidades nacionales, cuyo régimen tripartito era, en la opinión militar, una invitación al desorden y a la infiltración izquierdista. No se tuvo en cuenta el alto prestigio que habían alcanzado las universidades estatales gracias a la libertad de cátedra, ni se imaginó la repercusión internacional de estos hechos.

Durante "la noche de los bastones largos", el episodio más violento de la intervención, la policía apaleó a estudiantes, profesores, visitantes extranjeros y autoridades de la Facultad de Ciencias Exactas (UNBA) por hacer una asamblea desafiando el edicto restrictivo de las reuniones públicas. La intervención y el fin de la autarquía derivaron en una pérdida de valores intelectuales de primera fila que emigraron hacia otros centros de altos estudios. Mucho ya no volvieron al país. Las carreras de Psicología y de Sociología blanco de las críticas más virulentas, quedaron desmanteladas por renuncias en el claustro docente. Se trataba de especialidades "sospechosas" de incitar a la reflexión sobre la desigualdad social desde la perspectiva del análisis marxista.

Los efectos de la intervención fueron contraproducentes para los intereses del gobierno militar, porque, como reconoce Roberto Roth: "La juventud cultivada en este clima represivo alimentó los cuadros de la guerrilla y encontró su lugar en el espectro político volcado a la izquierda". En 1955, dice, no había un solo peronista en la Universidad. Hacia 1970, en cambio, miles de estudiantes acudían a los actos peronistas.

La Revolución Argentina partía de una concepción simplista de la política y de la sociedad al suponer que los problemas se solucionarían cancelando la actividad de los partidos. Consideraba al sistema representativo una rémora del pasado, a diferencia de los generales Justo, Perón y Aramburu, quienes lo habían defendido aunque con restricciones.

El grueso del país, que más allá de su justificado escepticismo también creía en las instituciones, empezó a buscar soluciones inspiradas en otras experiencias. Esta búsqueda era la de universitarios, sindicalistas, sacerdotes y juventudes políticas. Entre ellos estaban Mario Roberto Santucho, Fernando Abal Medina, el padre Carlos Mugica, Juan García Elorrio, el Movimiento de Sacerdotes para el Tercer Mundo, Raimundo Ongaro y la CGT de los Argentinos, los sindicatos clasistas de la industria cordobesa, Agustín Tosco y René Salamanca, Dardo Cabo, la Juventud Peronista.

Por otra parte la cancelación de la política operó una suerte de milagro: lllia y Perón empezaron a considerar posibles acciones conjuntas de la oposición civil".

Pese a las múltiples quejas de empresarios y sindicalistas y de la crisis de la balanza de pagos en 1962, hubo en la década de 1960 un sostenido crecimiento económico. El desarrollismo de Frondizi significó un importante aporte de capitales extranjeros en la industria: con Illia se recuperaron el sector agropecuario y la industria, bajó la deuda externa y subió el salario. De modo que la Revolución Argentina encontró una situación bastante saludable que los grupos de poder económico se propusieron usufructuar.

Según Guillermo O'Donnell, la gran burguesía oligopólica y transnacional aspiraba a mejorar la acumulación de capital en condiciones estables, sin las concesiones a que está obligada la clase política en un sistema de partidos y en los gobiernos populistas. La Cámara Argentina de Comercio, la Bolsa de Comercio, la Unión Industrial, la Sociedad Rural, CARBAP, la Asociación de Bancos y ACIEL (Instituciones Empresarias Libres) apoyaban la dictadura: ese régimen aséptico y "apolítico" les garantizaba que sólo los militares y las grandes empresas accederían al poder.

Sin embargo, Onganía, en vez de designar ministro de Economía al preferido de estos grupos, el ingeniero Alsogaray, nombró a Néstor Salimei, industrial del aceite de tendencia nacionalista. Su desgaste fue rápido. Lo reemplazó Adalbert, Krieger Vasena, un "liberal autoritario" quien se propuso reducir la inflación y el déficit fiscal y apoyar la creación de bienes durables; para ello aplicó retenciones a las exportaciones agropecuarias, congeló los salarios e incrementó los servicios públicos.

"El país de las vacas y el trigo quedó atrás." Esta afirmación de Onganía en el discurso de apertura de la fiesta anual de la Sociedad Rural en Palermo disgustó a los muy sensibilizados estancieros. Había asistido a la gran fiesta del campo en una carroza de época, como si tuviera un poder casi monárquico, lo que en cierto modo era verdad.

Mediante aportes de capital extranjero y alta inversión estatal se llevaron a cabo obras públicas de envergadura proyectadas anteriormente, como el puente Zárate-Brazo Largo que vincula a Entre Ríos con Buenos Aires; el dique El Chocón (Neuquén) que genera energía para el conurbano bonaerense; la central atómica de Atucha y la ampliación de la red de caminos y de puentes que conectan a la Mesopotamia con el país y con las naciones limítrofes.

Los gobernadores de las provincias del noroeste (NOA) fueron beneficiados con proyectos de desarrollo hídrico para zonas áridas de La Rioja y Catamarca. En las reuniones de carácter regional se plantearon las carencias en materia de conexiones de redes eléctricas, aeropuertos y rutas y se trató de darles una solución rápida. El gobierno no estaba dispuesto a hacer concesiones a los jefes sindicales fuera de los gestos amistosos de la primera hora. Reprimió con dureza la huelga portuaria de fines del 66 y la huelga general anunciada en marzo del 67 por la central obrera. Gremios tan importantes como los metalúrgicos perdieron la personería, se despidió a dirigentes ferroviarios contrarios a la racionalización del sistema y se congelaron los fondos sindicales. Quedaba así en claro que el Estado controlaría los salarios por lo que la participación de éstos en el PBl bajó algunos puntos.

 

copiado de https://www.odonnell-historia.com.ar/reciente/illiahoy.htm

 

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