Monseñor Storni

 

raulcelsoar 05/01/2010 @ 08:17

Monseñor Storni

MONSEÑOR STORNI

 

DIARIO EL LITORAL DE SANTA FE http://www.ellitoral.com/

 

Rogelio Alaniz

“Es en la derrota que nos volvemos cristianos” E. Hemingway

Las denuncias contra los abusos sexuales de monseñor Gabriel Storni no las promovieron ni la sinarquía internacional, ni la masonería, sino importantes funcionarios y feligreses de la Iglesia Católica. Fue monseñor José María Arancibia quien realizó las primeras investigaciones oficiales en 1994. La Iglesia Católica y el propio Storni tuvieron la oportunidad de zanjar el conflicto de una manera discreta y hasta elegante. Un traslado a la burocracia del Vaticano o algo parecido hubiera puesto punto final a una situación evidentemente enojosa para el clero. Finalmente, la soberbia de quien se cree impune, reforzada en este caso por la inercia de toda institución que supone que la mejor manera de resolver los problemas es no hacer nada, terminó por imponerse.

Por lo menos eso fue lo que creyeron durante unos años. Nada de ello impidió que las principales espadas del peronismo santafesino el 23 de diciembre de 1994 publicaran una solicitada de “Apoyo y agradecimiento a monseñor Edgardo Gabriel Storni”. El infalible olfato de los peronistas se vio reforzado por su irresistible tendencia a la sobreactuación.

Ponderaciones al margen, el episodio demuestra como no podía ser de otro modo- que el caso siempre estuvo politizado, porque todo juicio sobre un hombre público y un arzobispo lo es- está teñido por intereses, pasiones y prejuicios. Razones políticas le aseguraron a Storni durante años la impunidad y razones políticas en otro momento lo consideraron culpable.

La ofensiva contra Storni retornó con inusitado vigor en el 2002. La Feria del Libro de nuestra ciudad fue el escenario. Un libro mediocre, mal escrito y mal documentado fue el punto de partida. No hacía falta más. Si no hubiera sido el libro habría sido otra cosa. Por sus errores, por los enemigos que se supo ganar, y aunque suene irónico, por su hedonismo, las horas de Storni en el arzobispado de Santa Fe estaban contadas.

Para esa época le hice una entrevista al doctor Raúl Dalla Fontana, un hombre al que respeto y aprecio más allá de las diferencias que a esta altura no sé si son tantas y tan profundas como creíamos en otros tiempos. Dalla Fontana era la persona indicada para hablar porque su pertenencia y su amor a la Iglesia están fuera de discusión. “Si ama a la Iglesia Católica, si la respeta le pido por favor que renuncie, que tenga un gesto de grandeza y se vaya”. Estas fueron más o menos sus palabras. En Santa Fe -diría que en la Argentina- jamás había pasado algo semejante.

De todos modos el poder de Storni en esta ciudad era grande. Quienes lo conocieron lo describen como un hombre inteligente, culto, pero al mismo tiempo autoritario, conservador y algo histérico. Siempre se consideró un príncipe de la Iglesia y actuó en consecuencia. Disponía de su corte, sus favoritos, sus servidores; también de sus bufones. Sus intervenciones políticas eran sutiles, discretas y eficaces. Algunos jueces, algunos funcionarios y dirigentes sindicales seguramente deberían estar muy agradecidos por sus gestiones.

Por formación ideológica Storni siempre estuvo más cómodo con la tradición nacionalista que con la liberal. No era peronista y seguramente rechazaba muchos de los presupuestos ideológicos de esta fuerza política, pero en Santa Fe sus acuerdos principales fueron con el peronismo. La mencionada solicitada en su apoyo no fue una casualidad o un gesto inocente.

Storni fue un hombre poderoso y como muchos hombres poderosos cometió el error de creer que ese poder era personal. El obispo debería haber aprendido, como dice Foucault, que el poder no es una posesión sino una relación y que cuando esa relación cambia, cambia todo.

En realidad el poder de monseñor era el poder de la Iglesia Católica, pero cuando la iglesia es decir, los fieles, porque la iglesia son los fieles- le retiró el apoyo, descubrió que estaba solo. Cuando en la Feria del Libro el mediocre texto de Olga Wormat reabrió la discusión, la mayoría, o por lo menos un sector importante de los feligreses, siguió al lado del obispo más allá de sus dudas. Lo que revirtió la situación fueron los propios excesos de la curia. Una vez más el ejercicio abusivo e impune del poder se transformaba en una trampa para sus propios promotores.

Al episodio lo conocemos. Cuando el padre José Guntern confirmó los rumores que circulaban contra el arzobispo, la respuesta de la curia fue citar al anciano sacerdote y obligarlo a retractarse. Guntern lo hizo, pero luego dio a conocer lo que había pasado. Como se dice en estos casos, fue la gota que rebasó el vaso. Un amigo, conservador y católico, que apretando los dientes defendía al obispo, no pudo más y saltó el cerco. “Hasta aquí llego”, me dijo. “Ninguna ley terrenal o divina puede obligarme a apoyar o a hacer silencio a favor de un arzobispo pecador y una gavilla de curas que se comportan como si fueran una patota sindical o algo peor”. Para este hombre, el enemigo de la Iglesia no eran los ateos, sino el propio Storni quien con sus inconductas desprestigiaba y traicionaba a la institución que amaba.

Monseñor podría haber sobrevivido al ataque mediático, pero a lo que no podía sobrevivir era al abandono de su feligresía, abandono que en algunos casos se transformó en actitud militante en su contra o en silencio oportunista. Como suele ocurrir en estos casos, muchos que por buenos o malos motivos tenían cuentas pendientes contra un obispo controvertido, aprovecharon la ocasión para hacer leña del árbol caído.

Pero el problema de fondo es que la certeza de que el obispo era homosexual y abusador de menores fue cada vez más fuerte. La pregunta a hacerse en estos casos es si es justo condenar a alguien por su opción sexual. Planteado el interrogante en esos términos la respuesta es negativa, pero lo que sucede es que con el caso de Storni la condena no proviene de su opción sexual sino de los abusos sexuales. Por otro lado, convengamos que un obispo que expresó en términos pastorales las posiciones más conservadoras entre las que se destacan sus condenas a la homosexualidad, no puede invocar en su defensa los argumentos preferidos por los movimientos gays.

A la condena religiosa, política y moral que obligó a Storni a renunciar a su cargo y refugiarse en las sierras de Córdoba, se sumó ahora la condena jurídica. Esta condena ya ha sido apelada. El capítulo aun no está cerrado. En una sociedad civilizada quienes definen la prisión o la libertad de una persona son los jueces. Esto está fuera de discusión. Lo que sí merece debatirse es si los jueces son la instancia exclusiva que tiene en cuenta una sociedad para decidir sobre temas complejos como la libertad o la inocencia. A mi criterio los jueces determinan el piso mínimo que una sociedad se puede permitir en la materia. Si, por ejemplo, se resolviera que Storni no reúne los méritos necesarios para ser condenado por el caso Descalzo, ¿significaría que puede volver a ser el arzobispo de Santa Fe? Temo que ese retorno al pasado no sería posible porque la condena contra Storni no ha sido jurídica sino social, política y, de alguna manera, religiosa. Lo que un abogado defensor puede alegar es que no hay indicios o pruebas suficientes. Punto. Que una persona no sea condenada en un juicio no quiere decir que para la historia, la política o la fe, sea inocente, Al Capone -por ejemplo- fue preso por evadir impuestos, pero Al Capone no era un simple evasor de impuestos, era el jefe de la mafia de Chicago. La Justicia probó lo que pudo, pero esa verdad era apenas la punta del iceberg de una verdad más amplia que se devela en el terreno de la práctica política o la indagación histórica.

En el caso de Storni, ningún fallo judicial, a favor o en contra, modificará una convicción de los santafesinos acerca de un arzobispo que supuso que el poder le permitía ceder a las tentaciones de la carne a las que tanto condenaba desde el púlpito. El acontecimiento encierra una moraleja social trascendente. El religioso que con arrogante dureza subestimaba las pasiones pecadoras de los hombres, se encontró de pronto solo y débil, abandonado y vencido; y, acosado por las culpas o tal vez por el arrepentimiento, marchó agobiado y en silencio a su propia cárcel, de la que será muy difícil salir, más allá de lo que decidan los jueces.

Storni fue un hombre poderoso y como muchos hombres poderosos cometió el error de creer que ese poder era personal.

Acosado por las culpas o el arrepentimiento, marchó agobiado y en silencio a su propia cárcel, de la que será muy difícil salir

 

 

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